Nuestra historia
Setenta y cinco años en la misma tierra.
Esta no es la historia de una marca. Es la historia de una familia que eligió una montaña en 1951 y no la soltó: tres generaciones, una variedad que cambió el café de Nicaragua, dos premios y una taza que por fin sale de la finca con su propio nombre.
La hacienda, en video
Setenta y cinco años, en unos minutos.
Recorre la finca con la familia.
Grabado en la hacienda: el bosque, los lotes, la casa, la gente.
Una pareja y una montaña
Ignacio Arauz Cruz no llegó al café por casualidad. Su abuelo lo había cultivado, su padre lo había cultivado, y cuando él era un hombre joven ya era caficultor de tercera generación. En septiembre de 1951, junto a su esposa Susana, tomó un pedazo de montaña a quince kilómetros al sur de Matagalpa, a 1,200 metros, donde el bosque era espeso y las mañanas eran frías. Le pusieron La Estrella.
La fotografía de esta página se tomó en diciembre de ese año, a tres meses de lo que la familia todavía llama «la aventura». No había camino que mereciera ese nombre, no había beneficio y no había certezas. Había sombra, agua, buena tierra y dos personas dispuestas a esperar a que un cafeto diera fruto.
Los primeros años fueron duros y, de pronto, generosos. El nacimiento de su primer hijo coincidió con una helada en Brasil que disparó el precio del café en todo el mundo. Esa cosecha pagó la siguiente, y la finca empezó a crecer.
La semilla que cambió el café de Nicaragua
A mediados de los cincuenta Ignacio viajó a El Salvador y regresó con semilla de una variedad que pocos habían sembrado en Nicaragua: Caturra, un cafeto compacto y productivo, hecho para siembras densas y para el sol o la sombra ligera. La puso en la tierra de La Estrella y prendió.
Lo que vino después es la razón por la que la finca aparece en la historia del café del país. De esos primeros lotes salió semilla para fincas de toda Nicaragua. Durante años La Estrella fue conocida como la cuna del Caturra: el lugar al que los cafetaleros venían a verlo, a comprarlo y a aprender a manejarlo.
Hoy ya no se cultiva Caturra aquí. La hacienda pasó a otras variedades, Parainema, Araras, Obatá y Costa Rica 95, y a tres maneras de beneficiarlas. Pero la costumbre de probar primero, y de compartir lo que funciona, se quedó.
«Bienvenidos, señores cafetaleros»
Entre la gente que trabaja la tierra las noticias corren rápido. A finales de la década La Estrella se había convertido en la primera finca de café tecnificada de Nicaragua, con siembras en surco y un manejo de los cafetos que casi nadie en el país aplicaba todavía.
Llegaron cafetaleros de todas las regiones a verla. La familia colgó una manta en la entrada, estacionó los camiones a lo largo del camino y llevó a los visitantes por los lotes. La fotografía de ese día, con la manta y la gente, es una de las más queridas del álbum familiar, y es la que abre esta página.
Don Nacho, como todos le decían, era para entonces una referencia del café de Matagalpa. Siguió trabajando la finca hasta su muerte, en 1999.
Una finca no se hereda como una casa. Se hereda como una costumbre: uno aprende a levantarse antes de que se vaya la neblina, a leer el color de una cereza, a esperar.
Tres generaciones de la familia Arauz la han aprendido en la misma montaña.
El hijo que se quedó con el café
Ignacio y Susana criaron a sus hijos en la finca. De todos ellos, fue Antonio, el segundo hijo, quien se quedó con el café. Aprendió de su padre los lotes, la sombra y la forma de cortar la cosecha, y cuando Don Nacho murió en 1999 fue él quien mantuvo la hacienda en pie, cosecha tras cosecha, mientras sus hermanos tomaron otros caminos.
Susana, entrevistada en la finca en 2024 a sus noventa y cuatro años, es la memoria de la casa: la que recuerda la primera cosecha, a los visitantes de 1957 y los nombres de la gente que trabajó la tierra junto a la familia.
Hoy la hacienda la dirige Antonio, y la siguiente generación, repartida entre Nicaragua, Panamá y Estados Unidos, participa en las decisiones. El café que puedes pedir en este sitio es su cosecha.
La taza dorada en Nueva York
El 1 de noviembre de 2016, en el comedor de delegados de las Naciones Unidas, el Ernesto Illy International Coffee Award reunió a los productores de los mejores lotes de nueve países. Hacienda La Estrella recibió la taza dorada como el mejor lote de Nicaragua.
Para una finca que había pasado sesenta y cinco años vendiendo su café en verde, sin nombre en la bolsa, fue la primera vez que la taza se juzgó sola, frente a las mejores del mundo, y se encontró que pertenecía ahí.
Un natural que ganó Matagalpa, en el año del 75 aniversario
En marzo de 2026 la tercera edición del certamen Mejor Café de Matagalpa evaluó lotes de todo el departamento. La hacienda presentó un Parainema beneficiado como natural, secado en cereza entera, y ganó el primer lugar en la categoría Proceso con 87.68 puntos.
Ese mismo año la finca cumplió setenta y cinco. El lote ganador se vende aquí como la Reserva 75 Aniversario: una edición limitada, frutal y dulce, que se acaba hasta la próxima cosecha.
Hoy
La hacienda sigue a 1,200 metros, bajo el bosque nativo. Aquí crecen cuatro variedades, Parainema, Araras, Obatá y Costa Rica 95, y cada lote se beneficia lavado, natural o honey. La cosecha se corta a mano, pasada tras pasada, durante la estación seca. Antonio recorre los lotes en Matagalpa y pasa parte del año en Virginia, donde viven muchas de las familias que toman este café.
En 2026, por primera vez, el café sale de la finca con su propio nombre en la bolsa, tostado en pequeños lotes y enviado directamente a los hogares de Estados Unidos. Setenta y cinco años después de que Ignacio y Susana sembraran los primeros cafetos, la taza llega por fin a la mesa para la que se cultivó.
